“Abuela decía: son las doce del día cuando pisas tu propia sombra, miraba al sol y al suelo para saber el resto de las horas. Y así, a tiempo entregó las cartas de amor o desamor”.
Por María Gabriela Pavas Álvarez.
Mi madre y yo permanecemos juntas en el tiempo, en alguna edad tercera de un septiembre lluvioso; ella cuenta sobre su abuela y yo cuento sobre la mía.
Ella cuenta, acerca de una casa antigua, del siglo XIX, donde vivieron mis bisabuelos, ubicada en la vereda San Juan (La Unión), ahora con tejas viejas, puertas y ventanas incrustadas en la tapia, pintada ya del color de las montañas; rústica y vacía la tabla del quicio, a la espera de los caminantes.
Cuenta mi madre que la casa tiene a sus espaldas al morro San Miguel y reposa en un filito al lado del camino rial. Dice ella que allí vivieron mis bisabuelos: Elías y Lolita.
Elías quien se dedicó a la arriería, con su partida de bueyes y sus jornaleros, ellos que descansaban en parajes y toldas al borde del camino que iba de Sonsón a Medellín, llevaban o traían mercancía de un lugar a otro; al atardecer descargaban los bueyes y las bestias (caballos), los ponían a pastar, para emprender camino de nuevo en la madrugada, con cargas de café, panela y otros víveres como la sal o la manteca, también telas para confeccionar la ropa: los driles, la coleta, la saraza.
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Yo recuerdo a mi abuela en medio de los rosales, con delantal de flores y una hermosa pañoleta —“Virgen santa”, decía, deshijando pensamientos—.
Madre y yo, andamos aún por los caminos que hicieron los bisabuelos sobre las piedras de alumbre, pisamos firme bajo la sombra del sietecueros, andamos hasta escuchar la corriente de la quebrada del Cuervo, serena va, y le da frescura a los encenillos.
Ella cuenta, de la maestra Eulogia, quien llegó de Rionegro para enseñar a leer y escribir a los niños; en una casa, a falta de escuela; allí estuvo Toñito, con pantalones cortos amarrados con cabuyas o guascas, Toñito el abuelo descalzo, que cuando grande fue carretero y contaba cómo sacaba las piedras de la cantera y cómo las trituraba para hacer balastro, a punta de martillo y almahana.
Abuelo contaba del carro fantasma; que aparecía en cualquier momento y de cualquier lado en la carretera y, entonces, él se tiraba a la cuneta para no dejarse pisar, sin ver nada, solo al escuchar el sonido; luego salía del escondite y veía los rastros de las llantas marcadas en el polvo y en las piedras. Nos contaba cómo se escondía de los chupasangre, detrás de los matorrales o en la casa de Campamento, otra construcción antigua, que pertenecía a la Nación (Colombia), ubicada cerca del alto de la Vitoriera; hasta hoy, se mantiene, con los muros hacia el sol en la vía que va de La Unión a Sonsón.
Abuela contaba otras historias, los días domingo cuando la visitábamos —“Virgen santa”, decía—: si un gallo canta a las doce de la noche, un niño se morirá; si un hijo le pega a la madre se lo traga la tierra. También daba consejos para la salud y el bienestar; por ella conocimos: las hojas de chilca amarga para curar el ombligo de los recién nacidos; y entonces las dolencias se curaron con mejorana, espadilla, sarpoleta, manzanilla, llantén y eucalipto, y en totuma limpia secada al sol, nos dio a beber agua de limoncillo.
Abuela decía: son las doce del día cuando pisas tu propia sombra, miraba al sol y al suelo para saber el resto de las horas. Y así, a tiempo entregó las cartas de amor o desamor, que, por encargo de los enamorados, hicieron de María de los Ángeles una escritora confidente. Y de ellos, los enamorados hoy perduran en el tiempo.
Autora: María Gabriela Pavas Álvarez.
Con la colaboración de Alberto Álvarez y María Nelly Álvarez.
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