Por María Gabriela Pavas Álvarez.
Esa tierra me la dio mi padre,
la pisamos juntos y salieron surcos;
le sembró semillas al amanecer,
brillaron en la noche las espigas;
florecieron: la papa, el fríjol, el maíz.
De pinos rodeó al paraíso.
Atizado por mi madre, el fuego parecía no apagarse jamás;
con las manos esparció cenizas y en el suelo florecieron: rosas, azaleas y
campanas;
al jardín brincaron: afrecheros, colibríes, mirlos de alas negras.
De trinos se llenaron los domingos.
Tierra jugosa; de mortiños, arrayanes, agua clara por las acequias;
el río para soñar, el lago para pescar, un remanso para las vacas.
Cualquier día sonaron las aldabas y hubo una casa para habitar: con chambranas
de macana, pilares de roble, paredes pintadas con barro, blancas como la espuma
que brotaba entre las raíces de las cañabravas que danzaban agitadas en la
quebradita, cuyos retoños asoleados resisten todavía en la sequedad de los
barrancos.
Esa tierra me la dio mi padre, allá se cruzó la vida, y del fuego cualquier día se
rompió la llama y el humo cubre los inviernos grises.
Allá los pasos perduran en el tiempo y sombrean la pared raída y al musgo que
trepa en busca del alero.
Un día, para no volver, atravesamos juntos el umbral.
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