Nimiedades

¿Por qué nos da placer cuando el otro falla?

2026-04-26
Imagen de ¿Por qué nos da placer cuando el otro falla?

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.

«La amapola que crece más alta es la primera en ser cortada». La imagen es tan brutal como la práctica social que describe y que los psicólogos llaman «el síndrome de las amapolas altas», esa tendencia a criticar, menospreciar o sabotear a quienes destacan por su éxito, cortar las flores que crecen más allá del resto, no por malas, no por dañinas, solo por altas.

Aunque el término fue acuñado, en la década de los 80 del siglo pasado, en Australia, la metáfora viene de mucho más tiempo atrás, pero hoy sigue igual de vigente, porque la vivimos a diario en la oficina, la escuela, la familia o las redes sociales. Es esa tendencia social a criticar, menospreciar o sabotear a quien destaca. En culturas que valoran la modestia por encima de todo, sobresalir o tan solo tener deseos de hacerlo puede volverse un delito.

Pero hay una capa más profunda, más incómoda, que casi nunca confesamos en voz alta. No solo cortamos a la amapola alta. Es que, además, celebramos en secreto cuando se cae sola.

Leer más: Teatro del absurdo

Lo he visto pasar. Todos lo hemos visto. El compañero que siempre sacaba las mejores notas y de repente saca una nota aceptable o mediocre en un examen, o años después se quiebra en un puesto mediocre, habiendo quien suelta un «ya era hora». La ejecutiva impecable que vive una crisis pública, y un murmullo de satisfacción recorre el pasillo. La influencer de vida perfecta que confiesa un fracaso, y los likes se disparan por razones que nadie confiesa. ¿Por qué? Porque esa persona, sin quererlo, nos recordaba todos los días lo que nosotros no alcanzamos. Su altura nos hacía sentir pequeños. Y cuando finalmente se rompe, el alivio es casi físico.

Los psicólogos llaman a esto schadenfreude: la alegría por el mal ajeno, y no es un defecto de monstruos, es humano. Pero lo que el síndrome de las amapolas altas revela es que esta alegría no es casual: está programada culturalmente. Nos han enseñado que la humildad es sagrada (y sí, nadie quiere a un ególatra), pero no nos han enseñado a convivir con la excelencia del otro sin sentirnos disminuidos.

Y es que nunca vamos a ser los mejores en todo o por siempre; tarde que temprano habrá alguien que tenga mejores notas, relaciones más estables, más dinero, más seguidores o cualquier otra cosa que para nosotros sea importante o consideremos relevante. Entonces, en lugar de cultivar nuestro propio tallo y valorar nuestros pétalos, esperamos a que el vecino se quiebre.

Lo más doloroso de todo es que esa celebración secreta es una trampa. Porque cuando la amapola más alta cae, el campo no mejora. Sigue siendo el mismo campo raso, sin sombra, sin flores que inspiren. Y nosotros seguimos ahí, enanos pero aliviados, confundiendo el alivio con la justicia.

No escribo esto para dar lecciones. Yo también he sentido ese gusto amargo. También he mirado de reojo a alguien «exitoso» y he pensado, en un mal día, «ojalá no sea tan perfecto y cometa un error», y si sucede, sentido «ese fresquito». La diferencia está en reconocerlo, porque mientras no lo nombremos, mientras sigamos disfrazando la envidia de preocupación y la celebración de la caída de solidaridad falsa, seguiremos siendo ese jardín donde nadie se atreve a crecer y por consiguiente tampoco florecemos.

Quizás la verdadera valentía no sea solo ser una amapola alta a pesar del miedo a que te corten. Quizás la verdadera valentía sea, cuando ves a otra amapola alta, regarla en lugar de desear que se seque. O, al menos, admitir que a veces nos gusta verla caer —y preguntarnos por qué—.

Arriba