Todos buscamos soluciones a nuestros problemas, pero ¿quiénes están dispuestos a hacerlo a costa de sacrificar su libertad de pensamiento?
Por Cristian Aristizábal.
Desde la sencillez de una acera en la calle, veo cómo los pequeños sistemas hacen que funcionemos como especie pero a la vez nos coartan. Una escena sencilla: un semáforo. Ahí, una fila de vehículos —que a veces se torna infinita— es detenida por una luz roja que desespera, agobia y frustra a todos los conductores que, después de ver el cambio a luz verde para seguir, irrumpen de forma desmedida en el acelerador de su vehículo para continuar con la carrera. Parece una competencia interna consigo mismo, pero el zigzagueo entre unos y otros hace que el tránsito de los aparatos motorizados sea un combate silencioso y termine por ser la odisea diaria de todas las esquinas que cuentan con la intermitencia de este artefacto que detiene la carrera contra el tiempo solo con un cambio de luces.
Es una escena típica que se reitera a lo largo de las horas y que revela la cotidianidad como el resumen de repeticiones que nos permiten adquirir rutinas y crear esquemas que nos faciliten las actividades. Pero esas escenas que recreamos diariamente nos sirven de herramienta en unas ocasiones, y nos confrontan en otras. La amalgama de sentimientos que nos permea como seres humanos hace que tengamos cambios de perspectivas. No hay una respuesta certera ni una actitud definida para enfrentar los interrogantes que abogan por resolver las intríngulis de la condición humana. De ahí que unas veces la luz del semáforo sea un recurso que facilita el transitar y otras, represente el estorbo más grande que se pueda cruzar en nuestras vidas.
Leer más: ¿Por qué nos da placer cuando el otro falla?
Ante estas disertaciones, siempre aparece la literatura como espejo. En este caso, Aldous Huxley es el que toma la vocería con su distopía Un mundo feliz. Este célebre libro, publicado por primera vez en 1932, muestra un mundo en donde la solución a cualquier clase de problema está al alcance de la mano. Desde dolencias físicas hasta las desgastadas «crisis existenciales» desaparecen de forma inmediata gracias a un fármaco llamado soma creado para poder constituir «el mundo feliz». ¡Y es un éxito! Quienes están inmersos en ese mundo, sesgados por la «felicidad» que se dibuja a su alrededor, no hallan motivos para no acudir al medicamento cuando el cuerpo así lo requiere. La tranquilidad, la simpleza y lo fácil que resulta la vida cuando no hay preocupaciones de ninguna índole reflejan el desinterés total de quienes viven a merced de las condiciones que los demás ofrezcan para la construcción de esa sociedad.
En ese esquema, Huxley pone en tela de juicio varios interrogantes que hacen de la novela un absoluto deleite para quienes gustamos de la literatura que nos confronta y cuestiona. Pues, todos buscamos soluciones a nuestros problemas, pero ¿quiénes están dispuestos a hacerlo a costa de sacrificar su libertad de pensamiento?
Aquí, la lucha histórica por la libertad del ser humano cobra otro matiz. No son las acciones «libres» por las que se pelea, sino más bien por la libertad del pensamiento. En Un mundo feliz se incapacita la posibilidad de darle rienda suelta a lo que desata nuestras emociones en todas sus versiones, es decir, se prohíbe el despliegue de pensamientos por medio de una droga que se vende como remedio o como felicidad. Y ante las distintas situaciones del vivir, no queda nada más que el fármaco. No hay creatividad para hallar respuestas, no hay puntos de vista para debatir, no hay posibilidades de solución. Con el soma, la luz del semáforo no nos confrontaría como especie humana, en donde caben todas las formas posibles de reacción, sino que nos haría una máquina más: frente a la falta de pensamiento, las relaciones con todo lo que hay en el mundo se reducirían a puro interés transaccional.
Así pues, tener una respuesta única a todas las preguntas me cuestiona, y me hace pensar en la utopía de tener la «felicidad» en su totalidad. Si así fuera, ¿qué sentido tendría la vida?, ¿no es acaso el sinfín de emociones que brotan ante alguna situación lo que le da el «sabor» a la existencia? ¿No es eso lo que nos hace humanos?
Queda la pregunta en el aire sobre qué tan manipulados y sobre qué tan sometidos sistemáticamente estamos. Pero esas preguntas divagan cuando el sentido de la realidad es distinto. Entonces, así como veo un semáforo-máquina dirigiendo la maratón de vehículos-máquinas, también me detengo ante la gente con la mirada perdida en la ventana de un bus, gente mirando el cielo desde una banca de parque, gente sonriendo mientras ve árboles, ancianos disfrutando de la vida en compañía de un bastón, niños creando un mundo con unas simples piedritas, escucho que el señor de la tienda me desea buen día, que dos jóvenes ayudan a cruzar la calle a un inválido en silla de ruedas, veo a niñas que salen saltando rítmicamente a la escuela y vuelven a sus casas con más energía, veo un reciclador amando su cartón, amando su identidad y me pregunto: ¿nos hace falta el soma?
El mismo Huxley es el ideal para cerrar la reflexión: «—Sí, “hoy día todo el mundo es feliz”. Eso es lo que ya les decimos a los niños a los cinco años. Pero ¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? A tu modo, por ejemplo: no a la manera de todos».
-
Detenerse
«Todos buscamos soluciones a nuestros problemas, pero ¿quiénes están dispuestos a hacerlo a costa de sacrificar su libertad de pensamiento?»
-
Un cuento (cada cinco): La noche del ¡pum!
«Eran los mismos disparos de siempre, pero como pasa con cada catástrofe, el ánimo no se altera si uno no está directamente implicado. Por eso, esa noche se alteró. Era su esposo el que no estaba. Era ella la directamente implicada».
-
Historia con memoria
«Tal vez, si le diéramos más protagonismo a la memoria, las decisiones personales, sociales y políticas serían más acertadas».

