En El Santuario todavía hay quienes hablan de él en voz baja, como si el respeto exigiera no levantar demasiado el tono. No fue un líder político ni un personaje de grandes gestos públicos. Fue, más bien, un hombre que pasó la vida escuchando.
El padre Jesús Antonio Gómez Gómez nació el 26 de marzo de 1895 en una vereda de ese municipio del Oriente antioqueño, en una época en la que la fe marcaba el ritmo cotidiano. Él, sin embargo, prefería recordar otra fecha: el 27 de marzo, el día de su bautismo. Decía que ese había sido su verdadero nacimiento.
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Un hijo de su tiempo
Creció en una familia numerosa —17 hermanos— donde la religión no era una obligación, sino una forma de vida. De allí salieron sacerdotes, una religiosa de clausura, un médico, un abogado. Era una casa atravesada por la disciplina, pero también por la convicción.
En esos años, pueblos como El Santuario eran centros de vocaciones religiosas. La cercanía con Sonsón y la tradición católica de la región hacían del Oriente antioqueño una cantera constante de sacerdotes.
Jesús Antonio no desentonó con ese entorno, pero tampoco pasó desapercibido. Desde joven mostró dos rasgos que lo acompañarían siempre: la inclinación por la escritura y una capacidad poco común para mediar conflictos. Mientras otros discutían, él conciliaba.
La herida que lo acompañó toda la vida
Antes de entrar al seminario, una pedrada en la frente le dejó un aneurisma que nunca desapareció. Esa marca física estuvo a punto de impedir su ordenación sacerdotal.
Años después, él mismo atribuía haber superado ese obstáculo a la intercesión de san Gabriel de la Dolorosa. No lo decía como argumento teológico, sino como certeza personal.
Ingresó al seminario en 1914, ya cercano a los 20 años, y fue ordenado sacerdote en 1922 por el arzobispo Manuel José Cayzedo.
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«La lámpara del Santísimo»
Su primer destino fue la parroquia de San Roque, en el municipio homónimo. Allí empezó a construirse su fama.
Los feligreses lo llamaban «la lámpara del Santísimo». No era un apodo retórico: lo veían pasar largas horas en silencio frente al sagrario. No predicaba más que otros, pero su manera de estar decía lo suficiente.
Ese rasgo —la coherencia entre lo que decía y lo que hacía— sería clave en toda su vida.
Maestro, escritor y formador
Entre 1923 y 1929 dirigió el colegio San José de Marinilla. No fue un rector distante. Enseñaba español y latín, corregía textos, impulsaba publicaciones. Le importaba el lenguaje como herramienta de pensamiento.
Fundó revistas como Sé Apóstol, dirigida a niños, e In Corde Jesu, pensada para sacerdotes. Escribía con precisión, sin adornos innecesarios.
Pero su lugar definitivo no estuvo en las aulas, sino en los pasillos del Seminario de Medellín, donde fue director espiritual durante 21 años.
El oficio de orientar
Su trabajo no era visible. No celebraba grandes ceremonias ni ocupaba cargos de poder. Su tarea consistía en escuchar a seminaristas, sacerdotes, religiosas y laicos.
Horas enteras dedicadas a conversaciones privadas.
Quienes acudían a él encontraban algo poco común: rigor sin dureza. Era exigente consigo mismo —vivía sin lujos, practicaba una austeridad estricta—, pero con los demás era paciente.
No levantaba la voz. No imponía. Orientaba.
Un hombre sin estridencias
Su espiritualidad no era llamativa. No había gestos exagerados ni discursos grandilocuentes. Su fe se expresaba en hábitos constantes: oración, disciplina, silencio.
En una época marcada por tensiones políticas y cambios sociales, mantuvo una línea de equilibrio. Nunca fue un sacerdote polémico, pero tampoco indiferente. Su forma de intervenir era discreta, casi invisible.
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El final: aceptar sin ruido
En los últimos años de su vida, ya como canónigo de la catedral de Medellín, la enfermedad apareció de forma definitiva. Un cáncer marcó su etapa final.
Cuando recibió el diagnóstico, respondió con una frase que resumía su manera de ver la vida: «Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor».
Murió el 23 de marzo de 1971, a los 76 años.
La memoria que permanece
Su cuerpo fue trasladado de regreso a El Santuario, donde fue sepultado. Desde entonces, su tumba se convirtió en un lugar visitado por fieles que lo consideran intercesor.
No dejó obras monumentales ni decisiones que cambiaran la historia del país. Su legado es menos visible, pero más persistente: las personas que formó, las vocaciones que acompañó, las decisiones que ayudó a tomar.
Por eso lo llamaban «el anciano que nunca envejeció».
No porque el tiempo no pasara por él, sino porque su vida estuvo menos marcada por los años que por la constancia. Una existencia sin sobresaltos públicos, pero atravesada por una idea fija: estar disponible para los otros.
En un mundo que suele recordar a quienes hacen ruido, su historia permanece como la de alguien que eligió lo contrario: escuchar, orientar y quedarse.