Nimiedades

¿Qué es un capitán sin su tripulación? (La respuesta no es la que crees)

2026-04-11
Imagen de ¿Qué es un capitán sin su tripulación? (La respuesta no es la que crees)

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.

Recientemente caminando por un centro comercial vi algo que llamó mi atención. No era gran cosa: un póster de «One Piece» (un anime sobre piratas) pegado en la pared de una tienda de cómics, los colores vibrantes, Monkey D. Luffy (el protagonista) con su sonrisa amplia y su sombrero de paja. Y entonces, sin quererlo, una pregunta se me clavó en la cabeza: ¿qué es un capitán sin su tripulación?

La respuesta parece obvia. Un capitán sin tripulación es un hombre a la deriva, alguien que da órdenes al viento, que grita «¡timón a estribor!» en un barco donde no hay nadie que le escuche; es un título vacío, una mano que se extiende y no encuentra otra que la sostenga. En casi todas las historias de piratas —y en el imaginario colectivo— el capitán se define por los suyos. Sin ellos, es apenas un náufrago con delirios de grandeza.

Nunca he sido un fan de «One Piece», lo confieso; su filosofía de «los amigos lo son todo» me ha parecido siempre un poco ingenua, demasiado brillante para este mundo que conozco. Salvo por un concepto: la libertad. Esa idea de que el rey de los piratas no es quien más poder tiene, sino quien más libre es. Eso sí me remueve algo adentro.

Leer más: Buena alimentación como advertencia y enfermedad como castigo

Y he aquí la paradoja: llevo mucho tiempo navegando sin tripulación, y no me refiero solo a personas, también he navegado sin certezas, sin esa red invisible de afectos incondicionales que otros parecen dar por sentada, sin un equipo que me respalde, sin socios que compartan la carga, sin esas pequeñas anclas emocionales que impiden que uno se pierda del todo en la mar.

Ahora, antes de que alguien piense que esto es un elogio a la autosuficiencia o un manual de cómo ser un lobo estepario que no necesita a nadie, quiero dejar algo claro: no me siento un superhéroe. No he salido indemne de esta travesía; he tenido noches enteras preguntándome el porqué de esta situación, si es mi culpa el no contar con tripulación o por qué no hallo aunque sea un grumete. He sentido envidia de esos barcos que veía pasar llenos de gente riendo, repartiéndose las tareas, turnándose la guardia. He pensado, más veces de las que quiero admitir, que quizá lo más sensato sería abandonar el barco y pedir subirme a otro.

Porque en este mundo en el que vivimos, estamos educados para no empezar nada si no tenemos compañía que nos avale o respalde, a no tomar riesgos, o considerar que emprender una travesía solos es un despropósito e incluso un sinónimo de fracaso. Piense en cuántas personas sienten miedo de ir a un concierto solos, de sentarse en una cena sin alguien al lado, de no ingresar a un curso o taller sin alguien conocido, de no emprender un proyecto si no encontramos un socio, un mentor, un equipo; y así nuestro barco (que es nuestra vida, nuestros deseos y sueños) nunca deja puerto. Y cuando por fin nos atrevemos a zarpar, el miedo más grande no es al fracaso: es a perder la tripulación que conseguimos. Porque pensamos, con razón, que reemplazar sus tareas será agotador, que nadie más sabrá atar ese nudo específico, que sin esa persona que lleva la comida o la que anima con su guitarra por las noches, el barco se hundirá.

Y ese miedo es legítimo. Porque la tripulación importa. Importa mucho. Negarlo sería mentir.

Pero he aprendido algo, no por heroico, sino por necesidad: que ser un capitán sin tripulación no consiste en creerse o ser todopoderoso, consiste en no soltar el timón aunque nadie esté mirando. Consiste en seguir ajustando las velas a las tres de la madrugada cuando no hay nadie que te dé una palmada en la espalda, consiste en remar un día más con las manos ampolladas, no porque seas fuerte, sino porque parar da más miedo que seguir; consiste en aprender a ser tu propio vigía, tu propio cocinero, tu propio carpintero, y hacerlo mal muchas veces hasta que sale regular; a fin de cuentas, en sentir el barco como tuyo.

Voces cotidianas: Fernando y su oficio como sepulturero

Por eso creo que la frase de que «no existe capitán sin tripulación» es una trampa. Una trampa narrativa que nos han contado para que temamos la soledad como si fuera un castigo o considerar que siempre que hagamos algo por nuestra cuenta estamos casi que condenados al fracaso. Porque sí, es verdad, el barco que he mantenido a flote no es perfecto, tiene filtraciones, las velas tienen parches que no aguantarán otra tormenta, y hay días enteros en los que no avanzo nada, solo intento no hundirme; y por supuesto, no hay ningún tesoro asegurado al final del camino.

Sin embargo, sigo, no por valentía, más bien por terquedad. Porque en algún momento decidí que ese barco, con todas sus miserias, era mío, y aunque algunos lo puedan ver como triste y solitario, yo lo siento como un hogar, a fin de cuentas, es el tiempo que pasas manteniéndolo a flote lo que lo hace importante.

Eso, para quien ha navegado sin tripulación durante años, es ya un gran tesoro que me tomó tiempo reconocer. No es oro. No es fama. Es la certeza pequeña y frágil de que aun en la soledad, aun sin aplausos, aun con miedo, hay una forma de seguir. Y que quizá, solo quizá, esa forma es suficiente.

Ingresa al canal de WhatsApp de MiOriente https://whatsapp.com/channel/0029Va4l2zo3LdQdBDabHR05

Arriba