Sus ojos han aprendido a ver la muerte desde la compasión y ese último ritual católico como un acto solemne que honra la fragilidad de la vida y que le otorga una morada a esos cuerpos que han empezado a desdibujarse en lo terrenal para habitar en la inmensidad de los recuerdos.
Por Andrea García.
Hay oficios que se heredan, que se buscan, que se temen. ¿Cómo decide alguien dedicarse al piadoso deber de enterrar a los muertos y custodiar el umbral donde la vida terrenal se conjuga con lo eterno? A menudo, la elección no nace de una decisión meditada, sino de un llamado sutil que se manifiesta en los rincones de la cotidianidad o en el encuentro fortuito con una persona en un movimiento inesperado del destino.
Luis Fernando Vargas nació en Aguadas, Caldas, y su papá los trajo cuando eran niños, a sus hermanos y a él, a vivir a Rionegro. Esto se dio porque, al morir el abuelo de Fernando, el trabajo que este desempeñaba le fue heredado a su padre y para llevarlo a cabo, le tocó desplazarse hacia este municipio de Antioquia.
Estando en Rionegro y al referirse a la época de su juventud, Fernando menciona: «Yo nunca había trabajado, sino que empecé a venir al cementerio a entierros de vecinos de por la casa. Me acuerdo que una vez, en un entierro que era en la tumba 961, por allá al frente —señalando con la mano—, el sepulturero de esa época me dijo: ¿A usted le gustaría trabajar acá? Y yo le dije: No sé, de pronto. (…) Después volví a otro entierro y el señor me volvió a preguntar si estaba interesado, ahí le dije que si me colaboraba sí, entonces me prestó el palustre para echarle el cemento a la tumba y eso se me cayó, es que yo estaba muy jovencito. Me dijo que, si estaba interesado, debía decirle a mi papá que se pusiera las pilas para hablar con el padre».
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Para ese entonces Fernando tenía entre 16 y 17 años, por lo que debieron sacar un permiso en la oficina del trabajo que lo autorizara para poder laborar allí, siendo el 4 de diciembre de 1988 el día en que empezaría su labor como sepulturero. «Los primeros días me daba mucho susto, pero para comer y dormir, porque cuando estaba comiendo pensaba en los restos que uno saca y también yo soñaba que al lado mío había un montón de ataúdes, pero ya después me fui acostumbrando».
Aunque parezca sorprendente, Fernando dice que en los 37 años que lleva habitando ese lugar, nunca lo han asustado, ni siquiera en las pocas oportunidades en las que le tocó permanecer ahí toda la noche; aunque reconoce que sí hay una parte «azarosa», como él mismo la nombra, pero no porque haya visto algo, sino por la energía que se siente.
«Hay gente muy nerviosa, pero yo, gracias a Dios, le perdí el miedo a los muertos, miedo sí me da, pero de los vivos. Acá hay gente que dice que ven personas caminando delante y luego miran y no hay nadie; yo no los culpo, pero no olvide que los muertos no vuelven, sino que es el mismo miedo».
Entre sus labores están la inhumación y exhumación de los cuerpos, el mantenimiento del jardín y de todos los espacios que conforman el cementerio. «De los años que llevo acá, ya he enterrado a tres de mi casa: primero a mi hermano, después mi papá y después mi mamá. Yo mismo los he enterrado y yo mismo los he sacado. De hecho, yo pedí permiso para arreglar a mi papá cuando lo enterramos, lo afeité y lo dejé bien organizadito».
Sin duda, sus ojos han aprendido a ver la muerte desde la compasión y ese último ritual católico como un acto solemne que honra la fragilidad de la vida y que le otorga una morada a esos cuerpos que han empezado a desdibujarse en lo terrenal para habitar en la inmensidad de los recuerdos. Allí, en ese mismo cementerio, sobre el que Fernando dice: «Esta es la casa en la que voy a vivir toda la vida y también cuando me haya muerto».
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