“Uno no puede cambiar quién es y lo que lo apasiona, y casualmente, el Rojo es identidad y pasión”.
Por Camilo Giraldo Álvarez.
Le dije a mi amigo Johan que iba a escribir sobre la séptima del Rojo, una vez se materializara, días previos a la final. No se dio. Que el equipo se quedara a las puertas del título, de nuevo a las puertas del título, no me generó una rabia radioactiva como en las finales contra el Junior (2018) y Pereira (2022); tampoco fue un sentimiento profundo de tristeza como en la segunda final contra el Junior (2023).
El sentimiento, esta vez, parecía más un intento de alguna parte de mi ser de dejar a un lado al Medellín, al Milancito, al Poderoso, que me dejase de importar el azul y rojo. Es terrorífico, pero es así, negarlo es negarme.
Las semanas posteriores a la final fueron grises. El equipo del pueblo nuevamente se quedaba ad portas de la gloria, una gloria que directivos, jugadores y en especial la hinchada se merecen, pero no se nos da. No se da.
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Para no hundirme más en la melancolía, porque ya lo hice suficiente tiempo, hablaré de un hecho que, al menos, me brindó el impulso necesario para escribir, y pensar, sobre el Rojo: el pasado domingo jugamos contra Alianza, y en redes sociales me encontré con una boleta que tantos hinchas regalaban por la desilusión que reina en todos nosotros.
Sin más que hacer, acudí junto con 14 000 personas al Atanasio. Cuatro minutos y gol del rival. El público en silencio, el poco público que fue al partido; no tenía ni fuerzas para insultar, mucho menos para alentar. Pero ahí estábamos, siento yo, sin saber por qué, pero ahí estábamos.
En el segundo tiempo empatamos, pero el punto de inflexión, para mí, fue la entrada de un joven, de apellido Mansilla. Encaró, gambeteó y humilló a jugadores rivales. Nos sacó una sonrisa a los que estábamos en Oriental, y hasta nos hizo pararnos de la silla.
Esas jugadas frescas, diferentes, atrevidas, hicieron, por segundos, olvidar la marca de derrota que cargan sus compañeros. Y es que, sin importar las tristezas, o más bien, la falta de alegrías, este equipo hace que uno se emocione como un niño cuando lo ve jugar. En esos instantes, cuando veía una mejor sintonía en el DIM, no me importaron las finales perdidas, la gente empezó a cantar otra vez, a alentar.
¿Conformismo? No sé. Igual cuando acabó el partido y se consumó el empate, sumado a la pelea de Aguirre con la tribuna, volvió la sensación de desinterés, pero yo ya sabía que esa sensación era momentánea, hasta que volviera a rodar la pelota y la camisa roja se mostrara, coqueta, en otro estadio del país.
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Uno no puede cambiar quién es y lo que lo apasiona, y casualmente, el Rojo es identidad y pasión. No me voy a hacer el demagogo y a decir que este semestre o este año vamos a salir campeones, pero luego de todo lo acontecido, y tal vez de haberlo intentado, llegué a la conclusión de que al Rojo no lo voy a abandonar.
Por algo le dicen Poderoso, pienso yo, refiriéndose más al amor que le tiene su hinchada.
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