Por Natalia Montoya Cardona.
Bajo el peso de su propio color,
dos fucsias se inclinan como cuerpos que saben
el lenguaje secreto de la caída.
Modulan, vacilan, circundan;
la cercanía es acaso un presagio.
Son dos, juntas, en la breve eternidad del tallo,
meciéndose en un pacto de rosa y sombra,
como manos que guardan un secreto.
¿Es la piel la raíz?
Y apenas se rozan entrelazadas en el viento,
mientras el mundo se pierde en su equilibrio.
Se abrazan, pero no se entregan
y las palabras se consagran
en un silencio dulce que no se nombra,
como un murmullo de alas en la tarde,
a orillas de un vuelo pausado.
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Buena alimentación como advertencia y enfermedad como castigo
«No tendríamos que comer sanamente por el temor a enfermar; tendríamos que comer bien, primero, porque tenemos la posibilidad de hacerlo […] y, segundo, porque lo decidimos».
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Carpintero
«Quién seré en la oscura noche / sin el Jesús de cruz que conozco desde niño, / ¿quién, Señor, me despierta del ensueño?»
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Fernando y su oficio como sepulturero
«Hay oficios que se heredan, que se buscan, que se temen. ¿Cómo decide alguien dedicarse al piadoso deber de enterrar a los muertos y custodiar el umbral donde la vida terrenal se conjuga con lo eterno?»


