Ojalá esta columna ayude a que alguien se detenga un segundo. No para renunciar a sus metas, sino para preguntarse de quién son esas metas. […] Para entender que soñar con una vida sencilla no es un consuelo para perdedores. Es una elección tan válida como cualquier otra.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Hace poco, conversando con una amiga, me contaba que en el colegio donde hace prácticas como profesora, la docente líder hizo la clásica pregunta: «¿Qué quieren ser cuando sean grandes?»
Los niños fueron respondiendo uno tras otro: futbolista, cantante, tiktoker estrella, youtuber millonario, presidente, empresario exitoso, supermodelo… Todas respuestas legítimas, todas alimentadas seguramente por lo que ven en pantallas y escuchan en casa. El mundo les ha estado enseñando que soñar en grande es la única forma de soñar bien.
Hasta que llegó el turno de un niño que dijo con la tranquilidad de quien no está compitiendo: «Yo quiero manejar un bus».
El silencio, cuenta, fue incómodo. Algunos compañeros se rieron, no a carcajadas, pero sí con esa risa baja que dice «eso no es un sueño de verdad». Porque manejar un bus no es épico, no da fama, no da mucho dinero, no te hace salir en redes sociales. Es un trabajo más; indispensable, sí, pero de esos que todos usan pero nadie admira.
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Ese niño, sin saberlo, estaba planteando una pregunta incómoda, al menos para los adultos: ¿por qué algunos sueños valen menos que otros? ¿Por qué mi sueño, con lo que implica, es visto como fracaso? ¿Desde cuándo la grandeza se mide solo por la cantidad de gente que te admira?
No pasa nada si un niño sueña con ser presidente o estrella de fútbol. Esos sueños también son válidos. Pero qué pasa con aquellos que no quieren ser uno en un millón. Con los que no quieren abandonar su pueblo, con los que sueñan con tener una casa modesta o una finca pequeña donde pasar los sábados leyendo en lugar de ir a una fiesta ruidosa. Un domingo en el parque comiendo helado en vez de unas vacaciones viajando por todos los países. Con los que prefieren una vida lenta, un trabajo que no los destruya, el sonido de la lluvia en el tejado antes que el ruido de los aplausos.
La respuesta es incómoda: la sociedad nos ha convencido, muchas veces, de que están fracasando, de que deberían aspirar a más, y si no lo hacen están siendo conformistas con su «derrota».
¡Spoiler! No todo el mundo necesita comerse el mundo, en primer lugar porque «comerse el mundo» no representa lo mismo para todos, ya que el éxito es subjetivo. No todo el mundo quiere fama, dinero, poder. Hay quien quiere justo lo contrario: silencio, tiempo, abrazos, un jardín, una siesta, la posibilidad de ver un atardecer sin mirar el reloj. Y eso es algo que los adultos estamos redescubriendo últimamente.
Antoine de Saint-Exupéry lo sabía, cuando dijo en su obra El principito que lo esencial es invisible a los ojos, y lo esencial, a veces, es muy pequeño: una mano que te sostiene, un libro que te espera, una taza de café sin prisa, la certeza de que mañana no tienes que demostrarle nada a nadie.
Por eso, ojalá esta columna ayude a que alguien se detenga un segundo. No para renunciar a sus metas, sino para preguntarse de quién son esas metas. Para distinguir entre lo que le vendieron y lo que realmente le hace bien. Para entender que soñar con una vida sencilla no es un consuelo para perdedores. Es una elección tan válida como cualquier otra.
Y ojalá, también, que ese niño del bus nunca deje de soñar con su volante. Porque su sueño, aunque no aparezca en las portadas, es tan grande como el de cualquier futbolista, solo que su grandeza no se mide en estadios llenos, se mide en la paz de quien sabe lo que quiere, aunque los demás no lo entiendan.
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Los sueños pequeños también valen: el niño que quería manejar un bus
«Ojalá esta columna ayude a que alguien se detenga un segundo. No para renunciar a sus metas, sino para preguntarse de quién son esas metas. […] Para entender que soñar con una vida sencilla no es un consuelo para perdedores. Es una elección tan válida como cualquier otra».
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