Reconocer que tu labor tiene valor sin necesidad de aplausos no significa que dejes de esforzarte, significa que dejas de medir tu esfuerzo por el reconocimiento ajeno.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Hace poco asistí al concurso de bandas sinfónicas en El Retiro. Mientras los grupos se turnaban en el escenario, no pude evitar notar un patrón: cuando terminaba cada obra, la mayoría de los aplausos se los llevaban los mismos: el primer clarinete, el solista de trompeta, el flautista que ejecutó aquel pasaje vertiginoso. El público, en su mayoría, ni siquiera miraba al resto.
Esa escena me hizo pensar en dos voces internas que todos llevamos dentro. La primera nos susurra que solo quienes destacan, quienes se llevan los reflectores, tienen verdadero valor. Esa voz nos dice que si no eres el primero, si no tienes el solo, entonces eres un fracasado, alguien común destinado al olvido. Es la voz de la ambición desmedida, la que nos empuja a creer que el sacrificio y el reconocimiento público son lo único que nos redime.
La segunda voz es más tranquila. Nos recuerda que, en el fondo, ya somos especiales por el simple hecho de estar ahí, por haber estudiado, ensayado, afinado, contado silencios, acompañado, sostenido el ritmo y dado cuerpo a la música.
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Traduzcamos esto al lenguaje de una banda sinfónica: tu valor no depende de cuántos focos apunten hacia ti. Los aplausos se los lleva el solista, sí, pero el solista suena bien porque detrás hay sesenta personas que tocan piano, sostienen el acompañamiento, no fallan en el fortissimo colectivo y hacen que el clímax tenga sentido. Sin ellos, el solo podría ser una nota perdida en el vacío.
Y sin embargo, vivimos en una cultura que nos empuja a escuchar solo la primera voz. Nos dice que si no eres el mejor, si no destacas, si no te llevas los aplausos, entonces eres mediocre. Nos vende la idea de que la vida es un concurso donde solo los primeros puestos importan. Esa presión nos lleva al agotamiento, a la frustración, a sentir que nuestro trabajo —aunque sea sólido, aunque sea honesto— no vale nada porque no es «especial».
Pero ser músico de fila no es un fracaso. Ser el segundo clarinete, el que toca el tutti de saxofones, el que refuerza los bajos, no es una concesión, es una decisión consciente de entender que la música no se hace con egos, sino con engranajes, que la belleza de una sinfonía no está en un solo, sino en el tejido completo, que lo extraordinario, muchas veces, es el resultado de muchos ordinarios haciendo bien su trabajo.
Y aquí quiero detenerme, porque alguien podría pensar que esto es conformismo, que «resignarse» a no ser el primero es una forma de rendirse. Nada más lejos de la realidad. Reconocer que tu labor tiene valor sin necesidad de aplausos no significa que dejes de esforzarte, significa que dejas de medir tu esfuerzo por el reconocimiento ajeno. El músico de fila ensaya, estudia, busca la perfección en su parte, no porque alguien lo vaya a aplaudir de pie, sino porque sabe que su precisión es la base sobre la que el solista puede brillar. Eso no es conformismo: es profesionalismo, es humildad, es madurez. El verdadero conformista es el que cree que si no es el centro de atención, entonces no vale la pena intentarlo. El que entiende el valor de lo ordinario, en cambio, trabaja con la misma intensidad, pero sin la angustia de tener que demostrar algo.
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A veces, con solo estar presente, cumplir tu función y hacerlo con dignidad, ya eres especial. No porque un jurado o un público te aplaudan, sino porque tu labor es indispensable. Esa idea no es conformismo, todo lo contrario. Es una forma de resistencia contra la tiranía de la espectacularidad. Es reconocer que tu valor no depende de cuántos focos apunten hacia ti, sino de la certeza de que sin tu aporte, la obra no estaría completa, y que soy igual de buen músico que mi compañero, o incluso amigo, solista.
La próxima vez que estés en un concierto, mira a los de atrás, a los que no se levantan para recibir aplausos, a los que tocan en la sombra. Ellos no han fracasado, ellos son, simplemente, la razón de que la música suene.
Y la vida, al final, es como una banda sinfónica. No todos podemos ser el primer clarinete. Pero todos podemos ser, como enseñó Carla, especiales por el simple hecho de existir y hacer bien nuestro oficio.
Porque tú, músico de fila, ya eres suficiente. No necesitas un solo para demostrarlo.
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